¿Y si tenemos un doble?

La fantasía, el cine y la literatura siempre han sentido fascinación por el tema de los dobles. ¿Existen personas físicamente idénticas, al margen de los gemelos? ¿Podemos encontrar individuos desconocidos, sin parentesco, exactamente iguales? La realidad se empeña en demostrar que sí.

El pasado mes de octubre, un simpático fotógrafo escocés llamado Neil Thomas Douglas embarcó en un avión hacia la ciudad de Galway, en Irlanda, con su buen humor de siempre y su poblada barba rojiza. Todo habría sido un viaje corriente de no ser porque al pasar junto a un asiento se encontró sentado en él… a sí mismo. Después de frotarse los ojos, y quién sabe si incluso pellizcarse los mofletes para comprobar que no estaba dormido, él y su igual rompieron a reír al asimilar la coincidencia. Ni se conocían ni tenían parentesco alguno. Viendo que los demás viajeros también se carcajeaban, reaccionaron como lo harían dos auténticas personas del siglo XXI: se hicieron unos selfies para colgarlos en sus redes sociales. Después, en la localidad de destino, volvieron a coincidir un par de veces e incluso se tomaron juntos una pinta de cerveza.

¿Cómo reaccionarías tú si, de repente, te encontraras a tu clon? ¿Te haría gracia o reaccionarías como ese par de mujeres que descubren en un cóctel de alta alcurnia que llevan el mismo vestido? El fotógrafo canadiense François Brunelle también es un apasionado de esta cuestión: tanto es así que, al descubrir la existencia de un doble suyo famoso —el actor Rowan Atkinson, que da vida al personaje cinematográfico Mr. Beans—, inició el proyecto «No me parezco a él», basado en la realización de retratos de «gemelos» sin parentesco localizados por todo el planeta. En Internet, por otra parte, proliferan los juegos y las representaciones de parecidos razonables, los hay de todo tipo: personas idénticas a sus padres, a famosos, a famosos de otras razas, a sus perros… e incluso a dibujos animados, personajes de ficción o caricaturas, lo cual no siempre resulta estimulante ni agradable —puede ser el caso del ministro Montoro, que algunos asemejan a Mr. Burns de Los Simpsons; o del Jordi Pujol de hace algunos años, identificado como el Yoda de Stars Wars.

La literatura y el cine han utilizado con frecuencia el arquetipo de los dobles en sus tramas y desenlaces. Uno de los relatos más recomendables es William Wilson, de Edgard Allan Poe, que narra la historia de dos humanos idénticos con una moral completamente opuesta. Nabokov, Borges, Dostoievski y Cortázar, entre otros, también se interesaron por este tema. En el cine, películas como El gran dictador (Charles Chaplin), El prisionero de Zenda (Richard Thorpe), El profesor chiflado (Jerry Lewis) o El resplandor (Kubrik) han abordado este asunto con diferentes enfoques.

Las consecuencias de contar con un doble pueden ser contrarias: desde inducir tragedias generadas por malentendidos, desequilibrios personales o maquinaciones delictivas hasta ofrecer placeres minúsculos —como en el caso de nuestros barbudos escoceses del principio— o ventajas imprevistas. Recuerdo a un amigo de mi juventud, allá por los ochenta, que triunfaba entre las jovencitas sin saber por qué, siendo rebautizado por ellas como «Rafa». Cierto día, una de estas chicas le explicó que era idéntico al bajo de uno de los grupos musicales de moda, por aquel entonces, entre las adolescentes: Hombres G. Cuando comprobó cómo era aquel músico famoso, se dio cuenta de que en verdad eran parecidos… y se convirtió en un hombre ge de tapadillo, beneficiándose de ello en sus flirteos cuanto pudo.

Planteamos, para terminar, una reflexión que suena a paradoja: a priori no termina de encantarnos la posibilidad de encontrarnos con un doble de nuestra fisonomía y, sin embargo, nos pasamos media vida tratando de localizar a nuestra alma gemela.

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