Tiempo al tiempo

A muchos nos parece que el tiempo se nos escapa con frecuencia entre las manos. Se trata de un concepto efímero, enigmático; sobre todo ahora que la física, la astronomía y la relojería afirman que ningún reloj será capaz, por los siglos de los siglos, de conseguir dar permanentemente la hora exacta.

Los clásicos siempre fueron sabios. Los antiguos griegos utilizaban dos palabras diferentes para describir el tiempo: Kronos se refería al tiempo cronológico o secuencial, mientras que Kairós aludía al momento indeterminado en el que acontecen las cosas especiales. El primer concepto hace referencia al tiempo tal cual lo conocemos hoy en día, el de los horarios que marcan nuestras vidas, las cuentas atrás, las agendas y el estrés que nos provocan. Kairós hace alusión a una idea más abstracta, romántica y estimulante. Se refiere al tiempo en su dimensión subjetiva: el uso y la relación que hacemos de él. Todos sabemos que, en ocasiones, diez minutos nos parecen eternos
—por ejemplo, cuando estamos aguardando una noticia vital—, mientras que una tarde completa pasa rauda si la estamos disfrutando. La percepción varía en función de la compañía, la actitud y la actividad realizada. Evidentemente, es preciso gozar el tiempo para aprovecharlo al máximo.

Hay instantes en la vida que se prolongan para siempre, porque los recordamos y reviviremos permanentemente: el primer beso, ese cruce de miradas con el que reconocimos a nuestra media naranja, el nacimiento de los hijos, un hito profesional, una puesta de sol en un entorno idílico… nos acompañarán toda la vida. Por el contrario, a menudo somos incapaces de recordar qué hicimos ayer a una hora concreta. El tiempo pasa, nos afecta, nos modela, pero nunca debe llegar a esclavizarnos: es la principal materia prima de la que disponemos para construir nuestra originalidad y nuestra biografía.

La ciencia, además de la filosofía, ha venido a reforzar reciente e indirectamente esta dualidad temporal al reconocer que jamás podremos contar con un reloj infalible, capaz de ofrecer permanentemente la hora exacta. ¡Ni siquiera los suizos podrán hacerlo nunca! ¿Te estás preguntando por qué? La explicación es un pelín farragosa, pero puedes encontrarla en este enlace sobre la imposible precisión y fidelidad de los relojes. A modo de síntesis, cabe decir que solo los relojes atómicos —cuyo tamaño y coste los hacen inviables en nuestras muñecas— podrían, en teoría, llegar a alcanzar una precisión total perpetua. Pero ni aún así serían capaces de darnos la hora exacta siempre. Porque, en realidad, el tiempo solar verdadero no es constante, ya que la órbita solar de la Tierra es elíptica, lo cual genera pequeñas variaciones que se van acumulando. Para simplificar y homogeneizar el uso horario, discrecionalmente se aplicó el llamado tiempo solar medio, que respetaba esas 24 horas al día sin poner ni quitar un solo segundo. Pero, claro, esos “sobrantes” deben ser ajustados en algún momento. Lo cual genera que, en verdad, un reloj en marcha solo puede dar la hora exacta, estricta y astronómicamente hablando, en cuatro momentos del año: el 15 de abril, el 14 de junio, el 1 de septiembre y el 25 de diciembre, coincidiendo con los equinoccios y los solsticios. Sin embargo, qué paradoja, ¡un reloj parado da la hora exacta dos veces al día!

Así que ante la imposibilidad de medir con absoluta exactitud científica el tiempo real, tal vez sea la ocasión de desligarnos de nuestras dependencias respecto a él. Quizás deberíamos centrarnos, a partir de ahora, mucho más en el Kairós (el disfrute de cada momento) que en el Kronos (su medida).

Entre tanto, podemos extraer de esta realidad dos consecuencias cotidianas inmediatas: la primera, que ya nadie puede vacilarnos hablándonos sobre su reloj carísimo de precisión infalible, porque ¡un reloj de mercadillo no se equivocará más que el suyo! La segunda consecuencia es que los impuntuales ya disponen de la excusa perfecta para justificar sus retrasos y plantones. Tiempo al tiempo…

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