Quince años sin pesetas

En 2002 la moneda española oficial, conocida como la peseta, fue reemplazada por la moneda común europea: el euro. Ha pasado el tiempo desde entonces, pero no tanto como nos parece. Hoy… hablamos de la rubia.

Cuando, durante mi infancia oía hablar a mis padres y abuelos de céntimos y perras gordas, me parecían términos prehistóricos, más propios de dinosaurios que de personas de entonces. Ahora me pasa lo mismo —aunque a la inversa— con mis hijos. Si nombro las pesetas o los duros me miran con esa cara desquiciante de «ya está otra vez el yayo con sus batallitas» y me hacen sentir desactualizado, un tanto obsoleto, por no decir viejuno, posiblemente una de las grandes aportaciones del siglo XXI al idioma de Cervantes.

En realidad, no ha pasado tanto tiempo. Quince años desde el adiós de la peseta, cinco lustros desde la retirada de los duros. La jubilación, no cabe duda, es ley de vida. Me imagino ahora a esta parejita, de la mano, echando migas de pan a los patos o viendo trabajar a los obreros en la calle para entretener su tiempo libre.

Fue el 28 de febrero de 2002 cuando la zona común europea de la época reemplazó sus monedas nacionales —excepto la libra, así son los británicos— por ese euro guapetón, juvenil, políglota y moderno que sigue llevándonos de calle. Con él llegó una nueva era, en la que todavía seguimos —menos los británicos, así son los británicos—. El cambio fue gradual, pero traumático. Tuvimos que equiparnos con una calculadora de bolsillo para interpretar los precios, pues nos costó asimilar esa relación de referencia: «6 euros, 1000 pesetas» que todavía utilizamos cuando nos golpea la nostalgia y jugamos a la reconversión de los importes.

Como se preveía, los precios aumentaron. Antes, con una moneda agujereada (de 25 pesetas) los chiquillos nos podíamos comprar un montón de golosinas que no nos cabía en las manos. Hoy se llaman chuches y nuestros hijos necesitan 3 o 4 euros —más de 500 pesetas— para obtener una ración equivalente, introducida, eso sí, en un par de funcionales bolsitas. Una barra de pan costaba 30 céntimos de euro —ahora, más del doble— y un menú del día en un restaurante apañado entre 600 y 800 pesetas. Hoy en día, sin embargo, difícilmente se encuentra una comida decente por menos de 9 euros (1500 pelas, rubias… o pesetas). Pero, bueno, todo sube —excepto los salarios—, así que hay que asumirlo.

Pensar en la peseta —y en el duro, su consorte— nos sigue llenando a algunos de añoranza. Se nos empañan los ojos, nos plañe el monedero y la nostalgia nos invade de un modo inexorable, del mismo modo que a nuestros abuelos les pasaba cuando rememoraban sus reales y su perras gordas. Como transmitía la película de Disney El rey León: es el ciclo de la vida. Todo se repite.

Quién sabe, después del brexit y tal como está el patio, quizás regrese un día la peseta, piensan los nostálgicos irredentos. Será el momento entonces de recuperar esos billetes y monedas que todavía conservamos en un rincón oculto de nuestro cajón más recóndito. Porque, el que esté libre de pesetas, que tire la primera piedra.

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