No sin mi móvil

La tecnología ha revolucionado nuestra manera de ser y de relacionarnos. Su avance imparable, la aparición de nuevos y cada vez más sofisticados aparatos electrónicos están cambiando nuestro universo, nuestras referencias, nuestras dependencias incluso. El móvil, por ejemplo, ha modificado nuestro ritmo existencial de un modo radical, hasta tal punto que muy pocas personas nos concebimos ya sin él, como si fuera una nueva extensión de nuestro cuerpo, otra extremidad, y nos sentimos incompletos si nos falta. De hecho, desde el 31 de marzo de 2006 en España hay oficialmente más líneas de teléfono móvil que habitantes, un dato ciertamente significativo de la jerarquía alcanzada por este invento, desde una óptica macrohistórica, sustancialmente reciente (la llegada de la telefonía móvil a España se produjo en 1976, hace treinta y cinco años).

En fin, que ya nadie olvida su móvil antes de salir en un cajón de casa porque, cuando esto ocurre, y perdonadme la exageración, es como si olvidamos ir a recoger a nuestros hijos al colegio. Al caer en ello lo paramos todo y vamos hasta allí enseguida, ansiosos por saber qué mensajes y llamadas hemos recibido en nuestra ausencia, y poniendo manos a la obra ipso facto para determinar con quién debemos contactar ya mismo. Antes, la inmediatez no era tan valiosa; ahora, los profesionales sabemos que en cuestión de unos minutos hemos podido ser reemplazados por un competidor por no estar disponibles. Es la era de la urgencia: las consecuencias de los avances tecnológicos no siempre son ventajosas. La móvildependencia se extiende como una balsa de vertido oleaginoso en el océano, densa e irremediablemente. Cada vez más adolescentes, por ejemplo, se relacionan mediante conversaciones telefónicas, indescifrables sms y permanentes mensajes en las distintas redes sociales. No está claro todavía si estos reemplazan a los contactos personales, cara a cara, de toda la vida o si se trata en realidad de una ampliación del nivel de comunicación a través de estos canales. Ninguna herramienta es, en sí misma, buena o mala; depende del uso que le demos. Por eso debemos aprender a ser soberanos. A gobernar los avances, los medios tecnológicos, con espíritu, iniciativa y personalidad propios, sin dependencias innecesarias ni postizas. Las máquinas, como las personas, fallan. Pero, a diferencia de estas últimas, no pueden arrepentirse y, con frecuencia, ni siquiera compensar sus faltas. El pasado mes de octubre tuvimos un ejemplo claro con la caída mundial de determinados servicios de una conocida marca de smartphones. Sus usuarios, abandonados a su suerte por el error del sistema, tuvieron que apañárselas de otra manera, buscarse las castañas a su modo, durante varios días. Uf, qué sobresalto. Qué desesperación debieron de sentir. Es lo que tienen las máquinas. Por eso es importante utilizarlas siempre sin perder el norte (y, parafraseando el actual eslogan de una popular marca de cerveza, con suficiente sur para ello), teniendo muy presente que lo realmente importante, lo insustituible, es la relación humana, los vínculos personales y sociales.

Las herramientas no son fines en sí mismas, ni son per se buenas o malas. Depende del uso que les damos. La tecnología móvil, los smartphones, los iPad, Internet, las redes sociales… están a nuestra disposición para facilitarnos la vida, para allanar los caminos, no para obturarlos.

A fin de cuentas, pensándolo bien, muy posiblemente a algunos les convenga olvidarse el móvil dentro de un cajón de vez en cuando. Quién sabe, quizás lo realmente urgente empieza a ser estar a solas, y desmaquinizados, con los nuestros.

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