Niágara, la Marylin de la naturaleza

La película Niágara (1953), dirigida por Henry Hathaway y protagonizada por Marilyn Monroe en un inédito papel de femme fatale, fría, calculadora y extremadamente bella, no es tan solo un tórrido melodrama pasional que catapultó al éxito a esta inolvidable actriz en un registro nuevo para ella, alejado del papel de rubia tonta al que estábamos acostumbrados a verla. Resultan absolutamente memorables, por ejemplo, la secuencia en que la Monroe baila embutida en un ajustadísimo vestido rojo, su canturreo entre susurros y el espectacular suspense de su persecución. Pues bien: este largometraje no solo supuso el redescubrimiento de esta legendaria actriz sino que, además, le permitió compartir protagonismo con otra belleza natural incomparable, tan explosiva, sensual y arrebatadora como ella: las cataratas del Niágara.

Y es que dicha película convirtió el citado enclave en un escenario referente para no pocas generaciones de espectadores. Un lugar que imaginamos visitar, después de ver el film, en compañía —o no— de nuestra Marilyn —o Marilyno— particular.

Toda la rotundidad de la naturaleza, la fuerza del agua y el misterio de la mismísima existencia se dan cita en ese enclave paisajístico que goza, gracias a la aportación del celuloide, del glamour y el magnetismo de las estrellas de Hollywood. No discuto que Iguazú, esa otra maravilla natural, puede ser objetivamente más hermosa —si es que la objetividad tiene algo que ver con la belleza—, pero desde luego, en el imaginario colectivo, carece de ese plus adicional tan cinematográfico.

Yo he estado allí. En ambos lados: el canadiense y el norteamericano. Y aunque es cierto que la zona comercial construida le resta parte de su esencia, he viajado en el Maid of the Mist hasta la misma cortina de agua, apoyándome en la barandilla delantera de ese barco zarandeado por la agitación, vistiendo un chubasquero azul estándar mientras se empapa el espíritu de magia, de potencia y de hermosura. Allí, sintiendo encima de tu rostro el líquido que rebota de la catarata, las sacudidas del agua embravecida, el espectro de la electricidad y el arco iris proyectado ante tus ojos, comprendes que la naturaleza es, a la vez, un misterio y una maravilla; te sientes diminuto ante la inmensidad de la Tierra y, al mismo tiempo, tremendamente afortunado por poder disfrutar de esa experiencia. Te sientes un ser único en un paisaje único, protagonizando la vida en un planeta… ¡mítico!

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