Mi amigo el androide

«Hola, me llamo Pepper y quiero ser tu amigo». Esta presentación no tendría nada de especial si no fuera por quien puede llegar a pronunciarla: un robot japonés que, según afirman sus creadores, va a revolucionar la tecnología y la sociedad mundial tanto como los ordenadores, Internet y la telefonía móvil.

Pepper tiene cara de buen chico. Parece el primo flaco del muñeco de Michelín; con sus grandes ojos negros inspirados en el manga nipón y su pequeña boquita ofrece una imagen entrañable capaz de conquistarnos. Es, desde luego, simpático y afable. De corta estatura, con manos de humano, torso de sirena y una tableta sobre el pecho, puede conversar sobre cualquier tema —desde los resultados del último mundial hasta las cotizaciones de la bolsa—, contar chistes y bromear en diecisiete idiomas. Como véis, es políglota y muy extrovertido, tanto que también puede bailar y cantar rap aunque, de momento, solo en japonés.

Con todo, lo más maravilloso de Pepper es que actúa por propia voluntad y es capaz de descifrar las emociones humanas. Cuando interactúa con una persona mantiene el contacto visual, procesa su comunicación extralingüística (gestos faciales, tono de la voz y silencios) y reacciona con autonomía a través de diferentes algoritmos. Es, pues, un androide cariñoso, comprensivo y hasta empático. Un verdadero colega, vamos.

A muchos nos viene a la memoria la película protagonizada por Robin Williams El hombre bicentenario, basada en el cuento de Isaac Asimov, que explora la relación entre el hombre y el robot conforme este va adquiriendo creatividad y otros valores humanos. ¿Es posible llegar a querer a una máquina? ¿Qué tipo de dependencia adquiriremos de ellas, viendo lo que nos ocurre ahora cuando nos olvidamos del móvil? ¿Llegaremos a confiarles nuestras intimidades, antes que a un interlocutor de carne y hueso como nosotros? ¿Se celebrarán bodas con ciborg dentro de unas décadas? La imaginación no tiene límites, desde luego; pero la ciencia ficción ha demostrado en multitud de ocasiones que el futuro termina pareciéndose —y mucho— a lo que alguien, en su día, imaginó.

También es cierto que un robot familiar amable, servicial, autónomo y siempre disponible permite anticipar aplicaciones maravillosas en el ámbito de la educación, la salud y el entretenimiento. Quizá algunos ancianos puedan mantener durante más tiempo su nivel de autonomía en su propia casa con un ayudante como Pepper. Seguro que algunas personas solitarias encontrarán cierto consuelo en esos vínculos emocionales que la máquina puede estimular. Sin duda resultará muy divertido jugar con un objeto así, salir de compras o cenar juntos en familia. Pepper anticipa un porvenir extraordinario. Lo mismo que un cuchillo o cualquier otra herramienta, este androide y su tecnología no son buenos ni malos en sí mismos. Dependerá del uso que le demos.

Creado por SoftBank, una gran compañía nipona de telecomunicaciones, y por la empresa francesa de robótica Aldebaran, saldrá a la venta en febrero de 2015 —por el momento solo en Japón— a unos dos mil euros la unidad. Mientras tanto ya está en numerosas tiendas de Tokio interactuando con el público y aprendiendo cuanto puede. Su voz infantil denota que acaba de nacer, que está todavía en desarrollo. Pero está muy claro que este chico va a llegar muy lejos.

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«Hola, me llamo Pepper y quiero ser tu amigo». Esta presentación no tendría nada de especial si no fuera por quien puede llegar a pronunciarla: un robot japonés.
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