Los deberes del verano

Para los estudiantes, el periodo estival puede ser regenerador o todo lo contrario, si se permite a la pereza, la dejadez y la rutina apoderse de él. Descansar activamente es fundamental tanto física como mental y emocionalmente. Pero, ¿cómo conseguirlo?

¿Recuerdas aquellos tiempos de estudiante cuando, después de haberlo aprobado todo, tenías ante ti tres largos meses sin obligaciones ni horarios? Darnos chapuzones en la playa, quedar con la pandilla, elegir el sabor de un helado y trasnochar a la fresca formaban parte de nuestras ocupaciones principales. En mi época, tal vez también en la tuya, los cuadernos de vacaciones Santillana y las lecturas voluntarias nos acompañaban cuando no estábamos jugando o alternando por la calle, la urbanización, el parque o la piscina.

Tres meses, desde luego, es mucho tiempo. Demasiado para perderlo. Para no vivirlos. Un adolescente puede caer fácilmente en la indolencia y la desidia veraniegas si se limita a transitar una existencia rutinaria: levantarse tarde, abotijarse en el sofá jugando a la videoconsola, comer, acurrucarse para sestear con la televisión encendida, obcecarse con el wasapeo, el móvil, la tablet o el ordenador, cenar y ver más tele antes de dormir. Desde fuera no parece un plan muy sugerente; pero, para ellos, que se sienten cansados permanentemente —mucho más con el calor— es una alternativa cómoda y cercana.

El italiano Cesare Catà, profesor de la Escuela de Humanidades del Centro Escolar Paritario Don Bosco de Fermo, ha impactado en las redes sociales al publicar en su muro de Facebook un listado con los deberes que ha mandado a sus alumnos este verano. Un conjunto de tareas que no solo son válidas para los niños y los adolescentes, sino también para cualquier adulto. Caminar por la orilla del mar, evitar las situaciones que generan negatividad, bailar, decirle a otra persona que te encanta, ser alegre como el sol, ver películas con diálogos conmovedores —preferiblemente en inglés— y soñar a diario son algunas de las recomendaciones de este maestro de la vida.

La vida está para vivirla. El verano, para disfrutarlo, exprimirlo y llenar nuestro bagaje personal de inolvidables experiencias, vivencias, conversaciones y emociones. Nuestros hijos quieren experimentar, renovar su realidad, hacer cosas divertidas, originales, sugerentes. También es cierto que son débiles —tanto como nosotros— y les resulta más fácil sucumbir a lo inmediato: la Play, la tableta, el wasapeo del móvil, los viajes sin destino a lo largo y ancho de Internet…

Tenemos que ayudarles a organizarse, sugerirles planes estimulantes, animarlos a quedar con sus amigos, mojarnos con ellos, tirarnos de cabeza a su piscina, llevarlos al cine, acompañarlos a por un granizado de limón o acercarlos al parque o a la playa para que se encuentren con su gente.

Y nosotros, a la vez, debemos dar ejemplo: dormir la siesta puede estar bien como breve medida regeneradora, pero pasar el día en un sofá, frente al ventilador y apachangados, incluso en el verano más tórrido, solo es una forma de matar el tiempo. Y el tiempo nunca resucita. Jamás vuelve. Hemos de aprovecharlo, administrarlo bien, compartirlo intensamente con los nuestros.

Así que, este verano, todos tenemos deberes: el deber de disfrutarlo como nunca.

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