Las redes del humor

Desde la llegada de Internet, ¿ha cambiado nuestra forma de reírnos? ¿Es distinto el humor en las redes sociales que la diversión cara a cara? ¿Qué novedades y peligros conlleva intentar hacer reír a través de estas nuevas tecnologías?

A todos nos gusta disfrutar, sentirnos bien, echar unas risas. El humor es un elemento esencial en nuestras vidas, al cual acudimos en diferentes momentos: tanto si las cosas van mal o nos encontramos bajos de ánimo, como si nos sentimos arriba y todo marcha sobre ruedas. Una persona con sentido del humor es capaz de desdramatizar, de preocuparse menos y de encontrar la luz al final de cualquier túnel.

Es innegable, por otra parte, que las relaciones personales han cambiado desde que las redes sociales han entrado en nuestras vidas. Antes, una reunión de amigos terminaba siempre, entre viandas y cervezas, con un recital de chistes, anécdotas e hilaridades en el que todos compartíamos las carcajadas y los fiascos. Ahora ya no necesitamos esas reuniones: un wasap al grupo de los colegas nos permite enviar toda esa retahíla de graciosidades de golpe y porrazo. Aunque perdemos el contacto visual y vivencial con sus reacciones, recuperamos un cierto feedback mediante los emoticones, comentarios y mensajes recibidos.

Hay personas especialmente ingeniosas en las redes, pero, como en la vida misma, hay quien tiene gracia sin quererlo y quien no la tendrá jamás por mucho que la busque. En las redes sociales, el humor verbal ha de ser rápido, mordaz, directo y ocurrente (te proporcionamos un ejemplo: los mejores tuits de amor y humor). El de tipo visual, por otra parte, requiere un cierto talento para retocar en Photoshop —o similares— o elaborar buenos vídeos. También existe un humor híbrido, capaz de provocar sonrisas añadiendo un titular a una foto expresiva. Y, por último, se da el humor de los recuperadores, aquellos que acumulan y juntan grabaciones o fotografías divertidas de nuestro día a día hasta formar, en conjunto, un material desternillante. Es el caso, entre otros, de los mejores carteles vistos en las calles (y en las redes).

Está bien hacer reír de estas maneras. Nos gusta a todos. Pero hay que tener en cuenta un factor diferencial muy importante: cuando nos juntamos con nuestros colegas y soltamos, movidos por la excitación, una ocurrencia impertinente, un mal chiste o una burda grosería, recibimos al instante el desencanto y el reproche de los otros en forma de mal gesto, burla cachonda o vacío momentáneo. Pero, ¿qué pasa cuando lanzamos este mismo fiasco en una red social? Que permanecerá imborrable, siempre, en la memoria online colectiva. Que en cualquier momento, y hasta el final de los tiempos, cualquiera podrá recuperarlo y usarlo en nuestra contra. Echárnoslo en cara y, quizás, desestimar nuestra contratación o nuestro ascenso —por ejemplo— por dicho comentario. Las bromas en Internet carecen, siempre, de contexto. Por tanto, las carga el diablo.

Seamos selectivos, pues, al publicar en nuestros muros. Es mejor pasar un día desapercibidos que lanzar a las redes una bomba de relojería por falta de autocontrol o de buen gusto. A no pocas personas, en todo el mundo, ha terminado explotándoles.

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