Las rarezas de fin de año

Cada país, cada pueblo, cada sociedad celebra las navidades a su modo. De múltiples, originales y, en ocasiones, excéntricas maneras. En este artículo hacemos un rápido recorrido por algunas de estas exóticas celebraciones que se distribuyen por el mundo cuando está finalizando el año.

Si, como yo, eres español o vives en España, desde un punto de visto global ambos somos bichos raros. A los dos nos parece muy normal comernos a deshoras, el 31 de diciembre y justo antes de la medianoche, las doce uvas de la suerte al alimón con las campanadas que preceden al nuevo año. Tal vez lleves esa noche, como yo, una prenda interior de color rojo por si acaso y, seguro, brindarás con champán después de habérterlas tragado, si es que has conseguido no atragantarte con ninguna pepita.

Lo creas o no, esta tradición tan arraigada es exclusivamente nuestra, española, aunque lleva tiempo extendiéndose por los países latinos. ¿Te has fijado cómo flipan los nórdicos, los nipones, los anglosajones o los senegaleses cuando nos ven por vez primera en estas lides? Algo semejante a lo que nos ocurre a nosotros, por ejemplo, si nos encontramos la mañana de Año Nuevo en Nueva York, junto a las gélidas aguas del Atlántico en Coney Island, y nos proponen arrojarnos a ellas como tradicionalmente hacen los miembros del Club Polar Bear de Brooklyn y sus numerosos imitadores. En Barcelona y los alrededores de Edimburgo también puedes practicar esta costumbre… si no te deja helado.

Entre las rarezas internacionales para el fin de año, la ropa íntima ocupa un lugar protagonista. En la localidad brasileña de Sao Paulo es tradición despedir el año con lencería llamativa roja (para atraer el amor) y/o amarilla (como llamada al dinero). En Buenos Aires, por su parte, no se trata de llevarla puesta, sino de regalarla… en color rosa. No está claro si se trata de una reminiscencia pagana sobre la fertilidad o de una herencia de esa tradición católica remota de encender una vela rosa por Adviento para conmemorar la venida de Jesús. Sea por un motivo u otro, no te extrañes demasiado si un desconocido bonaerense te regala un culotte fucsia la noche de fin de año.

Tampoco los daneses, aparentemente comedidos y respetuosos durante el resto del año, se libran de estas chaladuras culturales: a ellos les da por destrozar la vajilla —según dicen, les reporta buena suerte— y por saltar desde sillas, con el loable propósito de alejar a los malos espíritus, mientras suenan las campanadas de fin de año. En Tallin, la capital de Estonia, la tradición consiste en comer siete veces el último día del año: las salchichas, las ensaladas de patata, los sauerkraut, el mazapán y mucho cava se suceden en esta pantagruélica, e interminable, sucesión de ingestas. En Tokio, por su parte, se dedican a sorber fideos extralargos para conseguir longevidad; mientras que en el menú nocturno italiano de la nochevieja no suele faltar un plato de lentejas.

Los espectaculares fuegos artificiales desde el Puente del Puerto de Sidney, en Australia; la invasión de troles en Reykjavik desde el 12 de diciembre hasta la mañana de Navidad o las piñatas estrelladas de siete puntas que se apalean en México a ciegas son otras referencias destacadas de esta variedad de celebraciones internacionales que, como nuestra docenita de uvas, tienen la finalidad de perpetuar el arraigo cultural mientras se afronta el nuevo año con optimismo, ilusión y mejor rollo.

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