Budapest, esa hermosa señora

En las entrañas de Europa existe una ciudad melliza nacida en torno a un río poderoso y solemne, plena de monumentalidad y romanticismo. La hermosa Budapest es, en realidad, dos ciudades en una. Buda —la histórica, la ancestral, la tradicional por excelencia— y Pest —la innovadora, moderna y comercial— están unidas, y separadas a la vez, por la presencia de ese río mágico que es el Danubio, capaz de atravesar media Europa manteniendo su imponencia. Un Danubio que, en la capital de Hungría, está acondicionado con grandes orillas de hormigón donde conviene acomodarse para observar el devenir de la vida, el paso grandioso de la naturaleza, los reflejos grises, malvas y perlados del agua en movimiento. Hacerlo en soledad es una experiencia filosofal; hacerlo en pareja, una auténtica delicia.

Budapest es una ciudad seductora y muy romántica, aunque de aspecto vetusto. Es como una de esas viejas damas que han destacado siempre por su belleza y en las que el paso de la vida ha empezado a dejar muestras, si bien, pese a la decadencia, conservan el estilo, la exquisitez y el glamour de su insondable hermosura.

Budapest es, en definitiva, una ciudad de contrastes y balnearios, donde es imprescindible relajarse en uno de ellos: zambullirse en el esplendor acuoso del Széchenyi, por ejemplo, jugando confortablemente al ajedrez en sus aguas a las nueve de la noche, a treinta y siete grados de temperatura cuando en la calle está helando, es una experiencia indescriptible. Como lo es también pasar de la monumentalidad histórica de Buda al ocio y el comercio cosmopolita de Pest atravesando uno de los puentes más famosos y fotografiados del mundo: el Puente de las Cadenas, construido en el siglo XIX. De este modo, dejando atrás la ciudad antigua, dominada por el Bastión de Pescadores, se avanza decididamente hacia el neogoticismo del Parlamento Húngaro.

Por supuesto hay que detenerse también a disfrutar de la gastronomía húngara, con más de mil años de historia: sobrevivir a su gulash, un sencillo y exquisito plato de ascendencia humilde y aspecto similar a la carne estofada con sopa, cargado en ocasiones de un explosivo picante —paprika— que toma por la fuerza las papilas gustativas del comensal y las somete a su imperio; o degustar el artesanal salami húngaro, mundialmente conocido, son momentos necesarios para llevarse en el recuerdo ese sabor intenso a Hungría.

Una dama cautivadora y añosa, monumental y entrañable, sensual y misteriosa. Así es Budapest. Dual y única a un tiempo. Aguardando tu visita.

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