Acción y redacción

Aunque no lo parezca, cada vez escribimos más. El correo electrónico, los wasaps, los tweets, los comentarios en los blogs e internet en general han vuelto a poner de actualidad el lenguaje escrito y, con él, la importancia de la ortografía. Su pobre manejo proyecta una imagen negativa en nuestras comunicaciones… que todos debemos evitar.

¿Qué pensarías de alguien que intentara hablar contigo mientras se come un polvorón? En primer lugar, que es un desconsiderado, un zafio y un maleducado al que le importas muy poco. En segundo, enseguida te darías cuenta de que la comunicación, su mensaje, se diluye en ese esfuerzo sostenido que precisas para entender lo que dice e interpretar sus sonidos; o, en el peor de los casos, en tus continuos intentos de evitar que sus perdigones de dulce navideño impacten en tu rostro.

Salvando las distancias, las faltas ortográficas son al lenguaje escrito como el polvorón a la conversación: interferencias molestas que dicen muy poco a favor del emisor y disminuyen la credibilidad, la fiabilidad y la capacidad de comprensión del contenido.

En el ámbito profesional, los textos con errores ortográficos son auténticos bofetones a la fiabilidad, el crédito y la confianza en su autor. Cuando visitamos una tienda on line con intención de encargar algún producto y nos encontramos con faltas ortotipográficas en los titulares y los contenidos publicados, no pensamos que el webmaster es un descuidado, un ignorante o un torpe, sino que desconfiamos de la calidad global de esa marca. ¿De verdad una empresa así va a entregarme a tiempo y en perfectas condiciones mi pedido?, nos preguntamos.

Es cierto que, en el plano personal, solemos ser más permisivos. Pero cada vez menos. Atrás quedó la época en la que las abreviaturas, las elipsis, las incoherencias gramaticales y los usos discrecionales —o caprichosos— de las uves, las bes, las haches, las equis, las ges y las jotas, por ejemplo, convertían en jeroglíficos los SMS que enviábamos. El wasap es gratuito, luego la economía de caracteres ya no es una necesidad. La verdadera necesidad es ser comprendidos: poner lo propio en común y favorecer el intercambio de ideas, sentimientos o información que buscamos.

Y aquí es donde la ortografía vuelve a cobrar gran importancia. No se trata de escribir como premios Nobel de literatura, pero tampoco es admisible hacerlo como cromañones o encriptadores. Nuestra imagen personal, y nuestras opiniones, quedarán dañadas. La buena noticia es la existencia creciente de aplicaciones, páginas de consulta y sistemas de corrección de textos que facilitan el camino —aunque los errores de los correctores automáticos también nos traen de cabeza—. Los recursos gratuitos que ofrecen la RAE y Fundeu son, sin duda, altamente recomendables.

Y, como novedad, nos animamos a mostrarte una idea original que está haciendo furor: la tabla periódica de la ortografía, elaborada por el lingüista Juan Romeu, quien ha aprovechado la estructura y los signos de esta archiconocida tabla química para solucionar dudas ortográficas.

Se trata, en definitiva, de poner los medios y esforzarnos un poquito más en escribir sin faltas… para ser comprendidos, y valorados, de la mejor manera.

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